Las críticas al capitalismo, desde la perspectiva de la izquierda, suelen basarse en el análisis de los sistemas de producción, donde se identifican enormes inequidades en la relación trabajo/beneficio entre capitalistas y trabajadores. El “capitalismo real” es mucho peor, entre otras cosas porque se sustenta, además, en un sistema de “derechos” que prolongan la inequidad en el tiempo, “protegiendo” los beneficios de producción con licencias, patentes y otros mecanismos legales.
Una de las áreas donde el capitalismo se ha afincado cada vez más para garantizar la acumulación desmedida de capitales por parte de pocos beneficiarios es en las licencias de uso de software y contenidos digitales (texto, audio, imágenes y video, básicamente).
Por ejemplo, las licencias para uso de software son mucho más restrictivas que las licencias tradicionales para oir música o ver películas. Ni que decir de las “licencias” para leer libros, que ahora nos damos cuenta de lo laxas que eran.
Recordemos cómo es la licencia de protección del autor con un libro de papel, aclarando que nunca estuvieron diseñadas para defender al autor, que normalmente tiene que ceder sus derechos al editor. Puedes leerlo (uff, menos mal), lo puedes poner en cualquier biblioteca de la casa o te lo llevas de viaje, lo puedes incluso prestar y no infringes la licencia de uso. Hasta lo puedes vender sin problemas. Lo que no te permite la licencia es fotocopiarlo. Esto, que parece un repaso de “permisos” perogrullesco, no es nada trivial hoy en día, porque algunas de estas cosas no son permitidas para un libro electrónico, ni para la mayoría de los sistemas de software propietarios.
Las licencias para leer libros en dispositivos como “tablets” o incluso los llamados libros electrónicos, no te permiten copiarlo. Si no existe el libro en físico, ¿cómo se puede leer en un dispositivo diferente si no es copiándolo? Tienes que leer el libro en el mismo dispositivo donde lo instalaste la primera vez. No puedes prestar el contenido para que un amigo tuyo lo lea. Y lo último: lo compraste pero no lo puedes vender.
Afortunadamente podemos leer grandes libros clásicos en dispositivos electrónicos, como el Don Quijote, por ejemplo, sin restricciones de licencia y usando software libre. Podemos alejarnos de ese mundo de peripecias legales para acumular capitales, inspiradas en la avaricia, incursionando al mundo del software libre y de los contenidos libres.
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